Variedades

La verdad inevitable sobre nuestros menores

Por Estela Valdés (26-06-2026): Cuando, en la madrugada, ocurren accidentes de tránsito protagonizados por menores de edad al volante, o cuando niñas son víctimas de abuso en fiestas, casas particulares, clubes, boliches o salones de eventos, las preguntas que se multiplican en los medios de comunicación y en las redes sociales son siempre las mismas: ¿Qué hacía un menor fuera de su casa a esa hora? ¿Dónde estaban sus padres? ¿Qué hace al respecto el Ministerio de la Niñez y la Adolescencia?
La verdad inevitable sobre nuestros menores

Sin embargo, cuando se plantea regular la permanencia de menores de 18 años en determinados eventos hasta las 02:00 de la madrugada —horario que, en lo personal, incluso considero excesivo, pues debería limitarse hasta la medianoche—, salvo que estén acompañados por un adulto responsable, aparecen inmediatamente las críticas. Se sostiene que la presencia de un adulto no impedirá que ocurran situaciones de riesgo.

Pero la experiencia demuestra exactamente lo contrario.

La presencia de un adulto responsable reduce la posibilidad de que un menor consuma alcohol, de que abandone el lugar donde fue dejado por su familia para dirigirse a otro sitio, de que sea víctima de abuso o termine involucrado en hechos de violencia que, demasiadas veces, dejan consecuencias irreparables.

Vivimos tiempos en los que la hipocresía, la irresponsabilidad y la doble moral parecen convivir con absoluta naturalidad.

Como solía decir mi madre: "Por más vueltas que se le dé, en el medio siempre está la verdad inevitable."

Y esa verdad es sencilla: un niño de 12 años, un adolescente de 13 o de 14, aún no posee el grado de madurez ni el discernimiento necesarios para medir todos los riesgos que lo rodean. A esa realidad se suma la enorme influencia de las redes sociales, que muchas veces les hacen creer que ya lo saben todo, cuando en realidad todavía están aprendiendo a distinguir entre la libertad y el peligro.

No es una cuestión de desconfianza hacia los hijos; es una cuestión de responsabilidad de los adultos.

Con demasiada frecuencia escuchamos a padres que afirman que ya no pueden poner límites porque "el mundo cambió" o porque "todos hacen lo mismo". Pero el mundo comienza en cada hogar. Los cambios sociales no son inevitables: también son el resultado de las decisiones que cada familia toma todos los días.

Cuando la familia abdica de esa responsabilidad, el Estado tiene el deber de actuar para proteger a quienes aún no pueden protegerse por sí mismos. Y quienes tienen la capacidad de formar opinión pública también deberían asumir su cuota de responsabilidad, comprendiendo que prevenir nunca será un exceso cuando de niños y adolescentes se trata.

Porque la verdadera libertad no consiste en abandonar a los hijos a su suerte, sino en prepararlos para ejercerla con responsabilidad. Mientras no tengan la madurez suficiente para hacerlo, somos los adultos —la familia, el Estado y la sociedad— quienes tenemos el deber irrenunciable de acompañarlos, cuidarlos y poner los límites necesarios.

Después de todo, poner límites nunca ha sido una forma de restringir el amor; siempre ha sido una de sus expresiones más profundas.