Serenata con piano "robado": Una locura de amor en Concepción
Para esas misiones nocturnas, el "instrumento rey" era, sin duda, la guitarra, por lo fácil que resultaba transportarla a pie. A veces, si el presupuesto alcanzaba para contratar profesionales, aparecía un arpa, o incluso un grupo de mariachis con sus imponentes guitarrones, violines y trompetas.
Lo que nunca se había visto ni escuchado —al menos hasta mediados de la década de 1950— era una serenata con piano. Y mucho menos con un piano... "robado".
El plan maestro de Rafaelito
Esta insólita historia ocurrió en la ciudad de Concepción. El protagonista fue Rafaelito Fernández, un joven poseedor de una voz de barítono brillante y afinada, quien estaba perdidamente enamorado de una jovencita de 18 años llamada Nelly Áurea Romañach (con quien, para cerrar con broche de oro, terminó casándose y formando una numerosa familia).
Dispuesto a dejar una huella imborrable en el corazón de su amada, Rafaelito y sus amigos decidieron que las guitarras eran demasiado comunes. Ellos querían algo diferente. Así que, ni cortos ni perezosos, se dirigieron al emblemático Club Concepción y, mediante un "operativo comando" cargado de audacia, se llevaron ("robaron") el icónico piano de la institución.
Música, romance y... la ley
Poco después, la tranquila noche concepcionera se vio sacudida. Justo frente a la ventana de Nelly Áurea, el famoso pianista Pirulo Acevedo comenzó a acariciar las teclas, mientras la potente voz de Rafaelito rompía el silencio de la madrugada interpretando tangos, boleros, guaranias y baladas inolvidables como Sabor a mí, Caminito, Nostalgias y Quisiera ser.
Sin embargo, el escenario tenía un pequeño detalle logístico: la casa de Nelly quedaba a solo unos pasos de la otrora Delegación de Gobierno. En aquellos tiempos, las serenatas requerían un permiso policial obligatorio. Al escuchar semejante alboroto, una patrulla de uniformados marchó decidida al lugar con una doble misión: hacer callar al cantor y arrestar al grupo por el "grave delito" de dar una serenata sin permiso y, peor aún, por el flagrante "robo" de un piano.
Un final inesperado
Pero la música amansa a las fieras... y también a la policía.
Al llegar al sitio, los uniformados quedaron tan maravillados por la calidad de la ejecución de Pirulo y la privilegiada voz del enamorado barítono, que se olvidaron por completo de las esposas y las celdas. En vez de arrestar a los "delincuentes", los policías se sumaron al público e incluso empezaron a pedir sus canciones favoritas.
Una vez que terminó el romántico concierto, y con la complicidad de la propia autoridad, el grupo de amigos ayudó a devolver el piano a su lugar en el Club Concepción. Al final, las actas policiales no registraron ningún delito; todo quedó perdonado y catalogado como un simple "préstamo forzado por una buena causa".
¡Eso sí que era amor del bueno!
Redacción Radio América 94.9 FM











