Cuando llueve
Por Estela Valdés - (24-06-2026): Siempre amé la lluvia desde muy pequeña, y creo que está relacionado con el hecho de que, en esos días, no iba a la escuela.
No sé por qué, pero me encanta. Me fascina incluso el olor que deja la tierra cuando caen las primeras gotas, ese instante invisible en que el cielo parece acercarse un poco más. No corro cuando llueve; prefiero caminar despacio y dejar que el agua me atraviese, aunque tenga frío.
Después, volver a casa, entregarme a un baño caliente, vestir ropa seca y mirar el mundo desde la ventana, como si la lluvia lo volviera otro. Escuchar su música sobre el tejado, ese murmullo constante que parece no terminar nunca.
Me encantan los círculos que se abren cuando las gotas tocan el agua acumulada, como si el mundo respirara en pequeñas ondas. Y también me quedo mirando cómo el agua se desliza por los vidrios, dibujando caminos efímeros que desaparecen sin despedida.
Sin embargo, toda esa fascinación se apaga por un instante cuando pienso en quienes están en la calle, sin refugio, sin abrigo, sin la posibilidad de un baño caliente o de una ropa seca.
Me ocurre cada vez que llueve, aunque nunca lo había dicho en voz alta; como si esa emoción dividida me perteneciera solo a mí.
El otro día me dijo mi hijo: —Llovió toda la madrugada. Amo el sonido de la lluvia, me encanta la lluvia; solo que, al mismo tiempo, me da tristeza por la gente que no tiene abrigo.
Lo abracé en silencio, y le respondí: —Debemos ser agradecidos y pedirle a Dios por esos hermanos que no tienen un hogar al cual volver.










