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Cuando nunca se pierde la fe

Ayer lunes 29 de junio, en horas de la mañana, salí a realizar una compra en un comercio local. Vestía con orgullo mi camiseta albirroja. Como iba a pie, me crucé con varias personas conocidas y amigas quienes, al saludarme, me clavaban una mirada como diciendo: “¿Vos creés todavía en nuestra selección?”, “Alemania le va a golear a Paraguay”, o el clásico “ndo valéi la ñande selección”. Todos, al parecer, estaban fuertemente influenciados por las críticas y la mala onda que se pasaron lanzando Chilavert y algunos periodistas sabelotodos.
Cuando nunca se pierde la fe

Por dicho motivo, me senté a escribir estas líneas. Lo hice como una forma de descargo contra la pérdida de fe de gran parte de la afición deportiva; esa misma hinchada que alguna vez soñó, alentó, fue feliz y se identificó con nuestra selección, pero que hasta ayer le había soltado la mano, más por las malas influencias de los detractores de siempre que por los resultados —quizás no muy convincentes— de la fase de grupos. Aquí está la crónica:

El día de la revancha histórica

Ayer nomás estábamos ante un nuevo desafío. Surgimos del fondo cuando una cuarta eliminación consecutiva ya era casi una triste realidad. Llegó Gustavo Alfaro y, como él mismo dijo en su momento, sacudió el árbol que tenía buenos frutos. Con esos frutos logró conquistar un sueño postergado desde hacía 16 largos años: ¡que la afición deportiva volviera a lucir orgullosa la albirroja y que Paraguay estuviera nuevamente en las finales de un Mundial!

Aunque el camino en este torneo tuvo un mal comienzo, este equipo se supo reponer a como dé lugar. Y ayer, nuevamente, como en aquel lejano Mundial de Corea-Japón 2002, nos tocaba enfrentar al mismo seleccionado que, faltando solo dos minutos para el final de aquel partido, logró vencernos para posteriormente consagrarse subcampeón del mundo.

En la cancha juegan 11 contra 11. Paraguay no es más ni menos que Alemania, el adversario de turno.

Es por eso que ayer, 24 años después, llegó el día de la revancha. Teníamos que gritar con el alma: ¡Fuerza y arriba Paraguay!, dejando de lado las ondas negativas que muchos se encargan de tirar. ¡La gloria nos esperaba!

El día después: La fe intacta

Hoy, con el diario del lunes y el pecho inflado de orgullo, estamos celebrando una histórica victoria ante la muy mentada Alemania. Un triunfo que tal vez no habría sido posible si nos rendíamos antes de jugar, porque cuando se pierde la fe, se pierde todo; se desvanecen las esperanzas y mueren los sueños.

¡Salud al pueblo paraguayo que no dejó de creer! ¡Viva la Albirroja!

Alejo A. Mendieta