Detengan la masacre del rumor, el sistema financiero no aguanta otra ruleta rusa
Quienes no superan los 35 años de edad tienen la fortuna de no haber vivido el descalabro financiero paraguayo que estalló con fuerza en 1995, bajo el gobierno de Juan Carlos Wasmosy, cuando el sistema colapsó arrastrando consigo la dignidad y los ahorros de toda una vida.
Jugar con la credibilidad bancaria no es libertad de expresión; es una peligrosa ruleta rusa que atenta contra el bienestar común.
Aquella crisis provocó la quiebra masiva de más del 50% de los bancos y dos tercios de las financieras del país, haciendo desaparecer entidades históricas como el Banco General, Bancopar, Banco Unión, Mercantil, Bancosur y otrs entidades bancarias y no bancarias.
Cerca de 200,000 depositantes vieron bloqueados sus fondos; las libretas de ahorro y las chequeras se convirtieron en papel inútil de la noche a la mañana, dejando a familias enteras en la miseria y costándole al Estado alrededor del 13% del Producto Interno Bruto (PIB).
Pero el impacto más cruel no se midió en dinero, sino en vidas humanas.
La desesperación y la angustia de verse despojados de todo provocaron paros cardíacos, accidentes cerebrovasculares y muertes reales en cientos de adultos mayores frente a las puertas cerradas de las entidades.
Difundir rumores infundados es como ingresar con armas automáticas a provocar una masacre irreparable; destruye vidas de forma masiva y arbitraria.
Aunque hoy el Banco Central del Paraguay cuenta con herramientas de supervisión más robustas gracias a las lecciones de la Ley de Bancos 861/96, ninguna estructura es inmune si se desata un incendio provocado por la pólvora de la desinformación.
Difundir pánico en plataformas digitales equivale a lanzar una cerilla encendida en un depósito de combustible.
La solidez de un banco depende directamente de la confianza; derribar esa confianza de manera irresponsable es atentar contra el patrimonio de todos. Exijamos transparencia por vías legales, pero paremos de inmediato esta hemorragia de murmullos antes de que, como en el pasado, el dinero y la dignidad de un pueblo se vuelvan humo.















